Tu Palabra me da Vida (24 de Noviembre)

¡Sálvate a ti mismo!

Usamos hoy, sobre todo en el lenguaje religioso, imágenes que han nacido en otro tiempo y en otro contexto cultural. ¿Qué significa hablar de pastores, en una época postmoderna, en que se crían las ovejas con métodos industriales? ¿Y qué reacciones provoca el título de rey, en una sociedad en que los reyes ya son poco estimados y menos amados? La misma realeza atribuida a Jesús necesita la oportuna iluminación.

Leemos en el evangelio de san Lucas 23, 35-43:

Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Lucas presenta las reacciones de los distintos testigos de la crucifixión de Jesús.

Está el pueblo, que “permanecía allí y miraba”. Es curiosidad frente a ese terrible espectáculo; es satisfacción por haber logrado lo que había pedido: “¡Qué muera este hombre! Déjanos libre a Barrabás”. El evangelio no hace sospechar ni la mínima compasión, al menos algún recuerdo del bien que Jesús hizo, o de la enseñanza que él transmitió.

Los más satisfechos son los jefes religiosos. Muchas veces ellos habían intentado eliminar a Jesús, pero le tenían miedo al pueblo que por un tiempo lo había seguido. Ahora han recuperado el poder sobre la gente, y el resultado está bajo los ojos de todos. Desafían a Jesús burlándose de él. Ellos tienen una imagen de Dios coherente con sus intereses, y era justamente esa imagen que Jesús destruía con su mensaje, presentando a Dios como Padre misericordioso. Ahora parece que el Dios de los sumos sacerdotes, de los escribas y fariseos es el vencedor, y que el Dios de Jesús es impotente. Se ríen de ese Dios, que abandona y no defiende a su Elegido, y se ríen de Jesús que no usa en su favor el poder que ha manifestado cuando “pasó haciendo el bien y sanando a todos”: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. Resuenan en estas palabras las tentaciones del diablo en el desierto: “Si eres hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Es la misma lógica diabólica: el poder para su propia ventaja.

Igual burla manifiestan los soldados, que ofrecen cruelmente a Jesús una bebida agria, en lugar de la bebida que se ofrecía a los condenados: “Acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Acostumbrados a servir al emperador, y a imponer con la fuerza de las armas el derecho del más fuerte, no pueden concebir a un rey sin poder, que no pelee por su propia salvación, tal vez mandando a otros a morir por él, un rey que no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida.

Es una burla también el letrero sobre la cabeza de Jesús, con la inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

Y al sarcasmo y la irrisión general se asocia también uno de los dos malhechores crucificados con Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Un verdadero Mesías, fuerte y poderoso, no debería dejarse morir y tendría que liberarse y liberar a los que comparten la misma condena.

Sólo una voz diferente, la del otro crucificado. Afirma la inocencia de Jesús, mientras reprocha la insolencia del compañero, que bien ha merecido ese terrible castigo: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y le pide a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Reconoce a Jesús en la cruz como rey, un rey que muere en fidelidad a su misión de mensajero de un proyecto de vida diferente, de un Reino de misericordia abierto a todos, también al peor de los malhechores, y que ofrece su vida para indicar el camino de la verdadera vida que vence la muerte: el amor hasta el extremo.

Jesús le responde solemnemente: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El Justo y el pecador, crucificados los dos, participan de la vida definitiva, que la muerte horrible en la cruz no puede vencer. Jesús es el rey, y el primer ciudadano que ingresa a su reino es ese malhechor que ha confiado en él.

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