Tu Palabra me da Vida (17 de Noviembre)

No se dejen engañar

Nuestro tiempo, en su aparente mediocridad, está realizando un proceso de profunda transformación, cuyo alcance ni de lejos podemos medir en este momento. Algunos hablan de una larga Edad Media, que durará sin duda por mucho tiempo. Lo que importa es no quedarnos mirando atrás, sino asumir plenamente los tiempos que nos toca vivir, trabajando para que el cambio, que tiene potencialidades ambiguas, sea hacia una mayor humanización de la sociedad y del mundo.

Leemos en el evangelio de san Lucas 21, 5-19:

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”.

Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Dentro del templo de Jerusalén, algunos miran con orgullo las “hermosas piedras” con que está adornado, y las “ofrendas votivas”. El templo, con su esplendor,  es el símbolo de la unidad nacional, y su riqueza alimenta los sueños mesiánicos nacionalistas del regreso a la grandeza de los tiempos pasados.

Jesús interviene con una profecía que podría parecer aterradora: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Los discípulos de Jesús no parecen asustados al escuchar este anuncio. Están convencidos que, en el momento peor, Dios intervendrá, y manifestará todo su poder con la restauración gloriosa del país por obra del Mesías. El momento de mayor sufrimiento y desesperación, será también el de mayor cercanía de la intervención de Dios. Por eso la pregunta: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”. Les interesa conocer el tiempo y la señal de la poderosa intervención de Dios.

Jesús quiere quitar toda ilusión. No habrá ninguna señal de una intervención divina extraordinaria. Lo que él ha anunciado se cumplirá: del templo “no quedará piedra sobre piedra”, aunque aparezcan falsos mesías que, usurpando su nombre, digan lo contrario. Por eso, “tengan cuidado, no se dejen engañar”. Intentarán seducir al pueblo diciendo: “El tiempo está cerca”, Dios está por intervenir. Pero es firme la exhortación de Jesús: “No los sigan”. Los grandes conflictos que se anuncien no deben alborotarlos: “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen”, creyendo que ya se viene la restauración de Israel: “Es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. La destrucción del templo de Jerusalén no será señal de la inminente restauración mesiánica soñada; será sólo el inicio de un proceso de cambio. No será “el fin”.

Para Jesús “el fin” no quiere decir calamidad y desastre, sino un tiempo nuevo, la instauración del reino de Dios, la proclamación del evangelio a todos los pueblos y la superación del sistema de poder, de injusticia y explotación del pueblo, representado simbólicamente por el templo. Ese “fin” demorará.

Los fenómenos de una historia muy convulsionada de la humanidad, son presentados por Jesús con el lenguaje apocalíptico de los profetas: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo”. Es el lenguaje con que los profetas anunciaban el surgir y el caer de los imperios. Jesús lo retoma para describir la terrible tragedia de Jerusalén y la complejidad de una historia en la cual se irá realizando un largo camino de transformación de la humanidad.

En el tiempo entre la destrucción del templo de Jerusalén y la instauración universal del reino de Dios, “antes de todo eso”, los discípulos en la realización del proyecto liberador de Jesús experimentarán la misma oposición que ha encontrado él. Se les opondrán el poder religioso: “Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados”; el poder político: “Los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí; y el mismo mundo de los afectos: “Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos”. La resistencia será animada por el espíritu de Jesús mismo: “Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir”. Aunque pierdan su vida física en la persecución, “a muchos de ustedes los matarán”, llegarán a la plenitud de la vida verdadera y definitiva mediante el don de la perseverancia fiel: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

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