3ª Asamblea Zonal 2013

Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor:

Por especial encargo de nuestro Vicario Episcopal, Presbítero Rafael Hernández Berríos, tengo la alegría de invitarlos a participar en nuestra 3ª Asamblea Zonal 2013, que se efectuará el sábado 23 de noviembre, entre las 09:00 y las 13:00 Hrs. en el Colegio Santa María de Cervellón ubicado en Av. Independencia Nº 1783..

Queremos, como es tradicional, disfrutar y compartir una hermosa instancia de encuentro y comunión eclesial.

En esta oportunidad, queremos adherirnos a la Iglesia Universal, para celebrar todos(as) juntos(as) la Clausura del Año de la Fe y, acogiendo una invitación de nuestro Arzobispo, Monseñor Ricardo Ezzati, daremos inicio a la Misión territorial 2014 en nuestra Zona Norte. Será una mañana de celebración y animación pastoral y comunitaria que nos permitirá hacer nuestras las Acentuaciones Pastorales 2014, que nos llaman a vivir la culminación de nuestro esfuerzo por implementar las Conclusiones de la V Conferencia de Aparecida.

Aprovecharemos esta oportunidad para efectuar la ceremonia de Certificación de un grupo de jóvenes que finalizaron su proceso de formación “Animadores de la Esperanza”. Del mismo modo, saludaremos a un grupo de laicos y laicas que ha concluido su capacitación con “Orientadores(as) Sociales”

No hace falta mencionar que esta invitación es de convocatoria amplia y tremendamente entusiasta.

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Tu Palabra me da Vida (24 de Noviembre)

¡Sálvate a ti mismo!

Usamos hoy, sobre todo en el lenguaje religioso, imágenes que han nacido en otro tiempo y en otro contexto cultural. ¿Qué significa hablar de pastores, en una época postmoderna, en que se crían las ovejas con métodos industriales? ¿Y qué reacciones provoca el título de rey, en una sociedad en que los reyes ya son poco estimados y menos amados? La misma realeza atribuida a Jesús necesita la oportuna iluminación.

Leemos en el evangelio de san Lucas 23, 35-43:

Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Lucas presenta las reacciones de los distintos testigos de la crucifixión de Jesús.

Está el pueblo, que “permanecía allí y miraba”. Es curiosidad frente a ese terrible espectáculo; es satisfacción por haber logrado lo que había pedido: “¡Qué muera este hombre! Déjanos libre a Barrabás”. El evangelio no hace sospechar ni la mínima compasión, al menos algún recuerdo del bien que Jesús hizo, o de la enseñanza que él transmitió.

Los más satisfechos son los jefes religiosos. Muchas veces ellos habían intentado eliminar a Jesús, pero le tenían miedo al pueblo que por un tiempo lo había seguido. Ahora han recuperado el poder sobre la gente, y el resultado está bajo los ojos de todos. Desafían a Jesús burlándose de él. Ellos tienen una imagen de Dios coherente con sus intereses, y era justamente esa imagen que Jesús destruía con su mensaje, presentando a Dios como Padre misericordioso. Ahora parece que el Dios de los sumos sacerdotes, de los escribas y fariseos es el vencedor, y que el Dios de Jesús es impotente. Se ríen de ese Dios, que abandona y no defiende a su Elegido, y se ríen de Jesús que no usa en su favor el poder que ha manifestado cuando “pasó haciendo el bien y sanando a todos”: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. Resuenan en estas palabras las tentaciones del diablo en el desierto: “Si eres hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Es la misma lógica diabólica: el poder para su propia ventaja.

Igual burla manifiestan los soldados, que ofrecen cruelmente a Jesús una bebida agria, en lugar de la bebida que se ofrecía a los condenados: “Acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Acostumbrados a servir al emperador, y a imponer con la fuerza de las armas el derecho del más fuerte, no pueden concebir a un rey sin poder, que no pelee por su propia salvación, tal vez mandando a otros a morir por él, un rey que no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida.

Es una burla también el letrero sobre la cabeza de Jesús, con la inscripción: “Éste es el rey de los judíos”.

Y al sarcasmo y la irrisión general se asocia también uno de los dos malhechores crucificados con Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Un verdadero Mesías, fuerte y poderoso, no debería dejarse morir y tendría que liberarse y liberar a los que comparten la misma condena.

Sólo una voz diferente, la del otro crucificado. Afirma la inocencia de Jesús, mientras reprocha la insolencia del compañero, que bien ha merecido ese terrible castigo: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y le pide a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Reconoce a Jesús en la cruz como rey, un rey que muere en fidelidad a su misión de mensajero de un proyecto de vida diferente, de un Reino de misericordia abierto a todos, también al peor de los malhechores, y que ofrece su vida para indicar el camino de la verdadera vida que vence la muerte: el amor hasta el extremo.

Jesús le responde solemnemente: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El Justo y el pecador, crucificados los dos, participan de la vida definitiva, que la muerte horrible en la cruz no puede vencer. Jesús es el rey, y el primer ciudadano que ingresa a su reino es ese malhechor que ha confiado en él.

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Tu Palabra me da Vida (17 de Noviembre)

No se dejen engañar

Nuestro tiempo, en su aparente mediocridad, está realizando un proceso de profunda transformación, cuyo alcance ni de lejos podemos medir en este momento. Algunos hablan de una larga Edad Media, que durará sin duda por mucho tiempo. Lo que importa es no quedarnos mirando atrás, sino asumir plenamente los tiempos que nos toca vivir, trabajando para que el cambio, que tiene potencialidades ambiguas, sea hacia una mayor humanización de la sociedad y del mundo.

Leemos en el evangelio de san Lucas 21, 5-19:

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”.

Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Dentro del templo de Jerusalén, algunos miran con orgullo las “hermosas piedras” con que está adornado, y las “ofrendas votivas”. El templo, con su esplendor,  es el símbolo de la unidad nacional, y su riqueza alimenta los sueños mesiánicos nacionalistas del regreso a la grandeza de los tiempos pasados.

Jesús interviene con una profecía que podría parecer aterradora: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Los discípulos de Jesús no parecen asustados al escuchar este anuncio. Están convencidos que, en el momento peor, Dios intervendrá, y manifestará todo su poder con la restauración gloriosa del país por obra del Mesías. El momento de mayor sufrimiento y desesperación, será también el de mayor cercanía de la intervención de Dios. Por eso la pregunta: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”. Les interesa conocer el tiempo y la señal de la poderosa intervención de Dios.

Jesús quiere quitar toda ilusión. No habrá ninguna señal de una intervención divina extraordinaria. Lo que él ha anunciado se cumplirá: del templo “no quedará piedra sobre piedra”, aunque aparezcan falsos mesías que, usurpando su nombre, digan lo contrario. Por eso, “tengan cuidado, no se dejen engañar”. Intentarán seducir al pueblo diciendo: “El tiempo está cerca”, Dios está por intervenir. Pero es firme la exhortación de Jesús: “No los sigan”. Los grandes conflictos que se anuncien no deben alborotarlos: “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen”, creyendo que ya se viene la restauración de Israel: “Es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. La destrucción del templo de Jerusalén no será señal de la inminente restauración mesiánica soñada; será sólo el inicio de un proceso de cambio. No será “el fin”.

Para Jesús “el fin” no quiere decir calamidad y desastre, sino un tiempo nuevo, la instauración del reino de Dios, la proclamación del evangelio a todos los pueblos y la superación del sistema de poder, de injusticia y explotación del pueblo, representado simbólicamente por el templo. Ese “fin” demorará.

Los fenómenos de una historia muy convulsionada de la humanidad, son presentados por Jesús con el lenguaje apocalíptico de los profetas: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo”. Es el lenguaje con que los profetas anunciaban el surgir y el caer de los imperios. Jesús lo retoma para describir la terrible tragedia de Jerusalén y la complejidad de una historia en la cual se irá realizando un largo camino de transformación de la humanidad.

En el tiempo entre la destrucción del templo de Jerusalén y la instauración universal del reino de Dios, “antes de todo eso”, los discípulos en la realización del proyecto liberador de Jesús experimentarán la misma oposición que ha encontrado él. Se les opondrán el poder religioso: “Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados”; el poder político: “Los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí; y el mismo mundo de los afectos: “Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos”. La resistencia será animada por el espíritu de Jesús mismo: “Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir”. Aunque pierdan su vida física en la persecución, “a muchos de ustedes los matarán”, llegarán a la plenitud de la vida verdadera y definitiva mediante el don de la perseverancia fiel: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

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Mensaje Final del Capitulo General de los Siervos De María

La Orden de los Siervos de María, reunida en el CCXIII Capítulo general en Pietralba (BZ), Italia, se dirige a ustedes, hermanas y hermanos, con las mismas palabras que han acompañado nuestra oración e iluminado el trabajo de reflexión y de evaluación desarrollados en estos días. Aquellas palabras, que han cambiado el curso de la historia y abierto el paso en el cual el Dios de la vida se ha hecho presente como uno de nosotros, ahora queremos proclamarlas con ustedes: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Con voz viva y decidida, esta respuesta de María al anuncio del ángel, representada en la imagen de la Santísima Anunciación, llegue como un deseo de fidelidad y de plenitud, para que estén en comunión con nosotros y nuestra alegría sea plena (1Jn 1, 3-4).

Provenientes de varias partes del mundo, llevando nuestras experiencias, nuestras fatigas, sueños e inquietudes, hemos estado en este monte de Pietralba en actitud de escucha, de acogida recíproca y de participación de dones, para renovar nuestra adhesión a Jesús, maestro y modelo de vida, y ser, como María, hombres y mujeres de comunión, según nuestra vocación de Siervos.

Conscientes que vivimos en un mundo en continuo cambio, permanecemos vigilantes a los signos de los tiempos, para saber responder con valentía a los nuevos desafíos y exigencias que la historia nos presenta, escuchando las nuevas necesidades de las mujeres y de los hombres de hoy.

Frente a una humanidad en camino que progresa y avanza, pero todavía dividida por barreras y prejuicios, queremos mirar cada realidad en la cual estamos inmersos con los mismos ojos de la Virgen de Nazaret, asumiendo en nosotros su misma mirada de ternura, derramando el óleo de la compasión en cada herida causada por la injusticia, intolerancia, violencia humana; colaborando con el Hijo a derribar a los potentes de los tronos para enaltecer a los humildes, a enviar a los ricos con las manos vacías y colmar de bienes los hambrientos (Lc 1, 52-53). De esta manera, estamos seguros de hacer nuestro el don del amor inefable de Dios, que Ella ha acogido con docilidad y pasión, y de unir nuestras voces en un nuevo cántico de alabanza:

– Al Padre, que busca adoradores con un amor sincero y leal (Jn 4, 23), decimos nuestro gracias, prolongando con nuestra vida su misma calidad de amor. En escucha de la invitación de Jesús: “Si conocieras el don de Dios!” (Jn 4, 10), también nosotros nos damos cuenta de la necesidad de apagar nuestra sed, para salir de situaciones de rigidez y de inmovilismo y poder ser así morada de aquel Dios que ha querido poner su tienda en medio de nosotros. Seguros de esta presencia, tenemos que vivir en la dignidad de hijos, sintiéndonos fuertes frente a cada adversidad que se interponga en nuestro camino. Y cuando toquemos con nuestras manos la miseria humana, no tenemos que renunciar a acoger la belleza con la cual Dios ha plasmado todo, haciendo resonar en nosotros las notas armónicas que su primordial placer, cuando vio que “todo era muy hermoso” (Gn 1, 31). Es esta la profecía que queremos anunciar, este el proyecto para construir: “cielos nuevos y tierra nueva” (Ap 21, 1), porque Aquel que hace nuevas todas las cosas no deja jamás de extender su mano para enjugar las lágrimas. Con María nosotros, Siervos y Siervas en el Reino, nos comprometemos a cumplir iguales gestos que alivien y conforten en todas las situaciones de sufrimiento.

En el nombre del Padre, en el cual profesamos nuestra fe, nadie sea causa del dolor que hace llorar al otro, sino solo motivo de alegría y esperanza que aleje toda tristeza.

– Al Hijo, que ha venido entre nosotros para hacer plena nuestra alegría (Jn 15, 11), renovamos la adhesión y el compromiso de poner en el centro de nuestra vida el bien del otro. Llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13. 14), queremos vivir unánimes su Palabra, encarnando sus mismos sentimientos, sus elecciones, sus acciones. Incluso conscientes de nuestros límites y nuestras fragilidades, conscientes de tener un tesoro inestimable en vasijas de barro (2Cor 4, 7), respondemos cada día a la llamada del Señor que nos invita a echar las redes allí donde el ser humano está todavía privado de su libertad, los derechos humanos son pisoteados, la lógica del interés contamina y destruye la vida social y las relaciones entre nosotros. Nuestra pobreza de fuerzas y la pequeñez frente al mundo no tienen que ser padecidas como un peso o un obstáculo en nuestro camino, sino confiando en Aquel que elige siempre lo que el mundo considera sin valor, para confundir los planos de los fuertes y sabios (1Cor 1, 27), queremos vivirlas como estímulo para seguir adelante. Poniéndonos en camino hacia las periferias de la historia, queremos ser portadores de aquel don de amor que gratuitamente hemos recibido y con generosa dedicación lo ofrecemos a los demás.

En el nombre del Hijo, en el cual profesamos nuestra fe, nadie sea despojado de su dignidad, ni privado de aquella libertad que le permita vivir la vida de una manera satisfecha y serena.

– Al Espíritu, fuente de todo don y de toda consolación, abrimos nuestras mentes y nuestros corazones para ser expresión de aquella novedad, que nos permita realizar en nosotros su designio de plenitud. Como Familia de los Siervos, sentimos la diversidad de nuestras razas, culturas, mentalidades y experiencias, como la verdadera riqueza para dar testimonio en el mundo, creando vínculos de fraternidad y paz con todas las creaturas. Conscientes que el pecado es lo que crea división, vivimos cada día la conversión, evitando decir: “yo estoy en la verdad y tú en el error”; queremos alejar de nosotros todo aquello que divide y que nos impide acoger al otro en su individualidad. Descubriendo en esta diversidad la manifestación de la fantasía del Espíritu, trabajamos a favor de la unidad y concordia en nuestras casas, en nuestras ciudades y naciones.

En el nombre del Espíritu, en el cual profesamos nuestra fe, nadie se sienta excluido o marginado, y cada uno de nosotros, acogiendo en las pequeñas verdades de lo cotidiano su voz como brisa ligera, sea fragmento de aquella Verdad que, solo en el respeto del otro, se reconstruye y se manifiesta con toda su fuerza y grandeza.

Nuestra alabanza se prolongue en el canto de la vida, donde la Palabra se hace carne y nos abre a una fecundidad siempre nueva. Como Siervos de la Virgen llena de gracia, estamos listos también nosotros para anunciar el don que se nos ha dado, poniéndonos al lado de los crucificados y no de quien crucifica, de los condenados y no de los que condenan, de los marginados y no de los que marginan.

Santa María nos ayude a todos, sus Siervos y Siervas, a acoger con alegría y disponibilidad plena el designio de amor del Padre, para que sepamos ser, en la Iglesia y en el mundo, expresión de fraternidad solidaria, manifestación visible de la caricia compasiva de Dios, levadura en la construcción de su Reino.

Tu Palabra me da Vida (10 de Noviembre)

Ya no pueden morir

Nuestros seres queridos que han fallecido, ¿dónde estarán? ¿Qué pasa con ellos? ¿Qué hay después de la muerte? Nuestra idea del más allá, ¿de qué nace: del miedo, de la ilusión, de la esperanza? Si la vida no termina con la muerte, ¿en qué medida el horizonte último puede incidir en el presente? ¿Qué es, entonces, lo que vale la pena hoy?

Muchas otras preguntas se presentan a nuestra mente. La Palabra de Dios no ofrece todas las respuestas bien claras y definidas como las desearíamos, pero da una indicación fundamental, que puede decidir radicalmente en la orientación de toda nuestra vida. Leemos en el evangelio de san Lucas 20, 27-38:

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.

Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor ‘el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él”.
Llegado a Jerusalén, meta de su viaje, Jesús entra en el templo y lo vacía, echando afuera a los vendedores, y dedica los últimos días de su vida a la enseñanza al pueblo y a la polémica con las autoridades religiosas.
Uno de los temas de discusión es planteado por los Saduceos. Constituían el grupo más poderoso en el Sanedrín, integrado por sumos sacerdotes y senadores. Detenían el poder económico y político. “Niegan la resurrección”, y les basta con vivir en el presente una vida de privilegio. Para mantenerla, no tienen escrúpulos en colaborar con el imperio romano, que domina el país.
Inspirados por su concepción materialista de la vida, plantean a Jesús una pregunta sobre la resurrección, con la intención de poner en ridículo esa creencia. La ley del levirato, instituida por Moisés, preveía: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. El hijo sería reconocido como hijo del difunto. Si siete hermanos se han casado sucesivamente con la misma mujer, porque cada uno ha muerto sin tener hijos, ella, “cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”. Para los Saduceos, en la hipótesis que haya una vida más allá de la muerte, tendría que tener las mismas características de la vida presente: la mujer como propiedad del hombre, para asegurarle la descendencia.
La respuesta de Jesús es un aporte fundamental para la fe de todos los creyentes.
Hay dos formas de vida. Una pertenece a “este mundo”, en que los hombres y las mujeres se casan”: es la vida física, transmitida a través del matrimonio. Y hay una vida que no se transmite por generación humana, “no se casan”, que es para siempre, más allá de la muerte, para “los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro”. La muerte no interrumpe y no tiene poder sobre esta vida: “Ya no pueden morir”, porque es don de Dios, y está presente desde ya, y no sólo después de la muerte, con la acogida de la condición de hijos: “Son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios”. Todos iguales y libres, sin que nadie sea propiedad o sumiso a otro. Esta es la resurrección.
Es lo que les pasó a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, como lo experimentó Moisés. Siguen vivos, aunque muertos físicamente, porque su Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivientes”. La vida que Dios les ha dado permanece en ellos para siempre, porque el Dios de la vida es un Dios fiel.
El escepticismo de los Saduceos le permite a Jesús hacer una aclaración fundamental, que ofrecerá una importante clave de interpretación de la misma muerte y resurrección de Jesús.

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