Mensaje Final del Capitulo General de los Siervos De María

La Orden de los Siervos de María, reunida en el CCXIII Capítulo general en Pietralba (BZ), Italia, se dirige a ustedes, hermanas y hermanos, con las mismas palabras que han acompañado nuestra oración e iluminado el trabajo de reflexión y de evaluación desarrollados en estos días. Aquellas palabras, que han cambiado el curso de la historia y abierto el paso en el cual el Dios de la vida se ha hecho presente como uno de nosotros, ahora queremos proclamarlas con ustedes: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Con voz viva y decidida, esta respuesta de María al anuncio del ángel, representada en la imagen de la Santísima Anunciación, llegue como un deseo de fidelidad y de plenitud, para que estén en comunión con nosotros y nuestra alegría sea plena (1Jn 1, 3-4).

Provenientes de varias partes del mundo, llevando nuestras experiencias, nuestras fatigas, sueños e inquietudes, hemos estado en este monte de Pietralba en actitud de escucha, de acogida recíproca y de participación de dones, para renovar nuestra adhesión a Jesús, maestro y modelo de vida, y ser, como María, hombres y mujeres de comunión, según nuestra vocación de Siervos.

Conscientes que vivimos en un mundo en continuo cambio, permanecemos vigilantes a los signos de los tiempos, para saber responder con valentía a los nuevos desafíos y exigencias que la historia nos presenta, escuchando las nuevas necesidades de las mujeres y de los hombres de hoy.

Frente a una humanidad en camino que progresa y avanza, pero todavía dividida por barreras y prejuicios, queremos mirar cada realidad en la cual estamos inmersos con los mismos ojos de la Virgen de Nazaret, asumiendo en nosotros su misma mirada de ternura, derramando el óleo de la compasión en cada herida causada por la injusticia, intolerancia, violencia humana; colaborando con el Hijo a derribar a los potentes de los tronos para enaltecer a los humildes, a enviar a los ricos con las manos vacías y colmar de bienes los hambrientos (Lc 1, 52-53). De esta manera, estamos seguros de hacer nuestro el don del amor inefable de Dios, que Ella ha acogido con docilidad y pasión, y de unir nuestras voces en un nuevo cántico de alabanza:

– Al Padre, que busca adoradores con un amor sincero y leal (Jn 4, 23), decimos nuestro gracias, prolongando con nuestra vida su misma calidad de amor. En escucha de la invitación de Jesús: “Si conocieras el don de Dios!” (Jn 4, 10), también nosotros nos damos cuenta de la necesidad de apagar nuestra sed, para salir de situaciones de rigidez y de inmovilismo y poder ser así morada de aquel Dios que ha querido poner su tienda en medio de nosotros. Seguros de esta presencia, tenemos que vivir en la dignidad de hijos, sintiéndonos fuertes frente a cada adversidad que se interponga en nuestro camino. Y cuando toquemos con nuestras manos la miseria humana, no tenemos que renunciar a acoger la belleza con la cual Dios ha plasmado todo, haciendo resonar en nosotros las notas armónicas que su primordial placer, cuando vio que “todo era muy hermoso” (Gn 1, 31). Es esta la profecía que queremos anunciar, este el proyecto para construir: “cielos nuevos y tierra nueva” (Ap 21, 1), porque Aquel que hace nuevas todas las cosas no deja jamás de extender su mano para enjugar las lágrimas. Con María nosotros, Siervos y Siervas en el Reino, nos comprometemos a cumplir iguales gestos que alivien y conforten en todas las situaciones de sufrimiento.

En el nombre del Padre, en el cual profesamos nuestra fe, nadie sea causa del dolor que hace llorar al otro, sino solo motivo de alegría y esperanza que aleje toda tristeza.

– Al Hijo, que ha venido entre nosotros para hacer plena nuestra alegría (Jn 15, 11), renovamos la adhesión y el compromiso de poner en el centro de nuestra vida el bien del otro. Llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13. 14), queremos vivir unánimes su Palabra, encarnando sus mismos sentimientos, sus elecciones, sus acciones. Incluso conscientes de nuestros límites y nuestras fragilidades, conscientes de tener un tesoro inestimable en vasijas de barro (2Cor 4, 7), respondemos cada día a la llamada del Señor que nos invita a echar las redes allí donde el ser humano está todavía privado de su libertad, los derechos humanos son pisoteados, la lógica del interés contamina y destruye la vida social y las relaciones entre nosotros. Nuestra pobreza de fuerzas y la pequeñez frente al mundo no tienen que ser padecidas como un peso o un obstáculo en nuestro camino, sino confiando en Aquel que elige siempre lo que el mundo considera sin valor, para confundir los planos de los fuertes y sabios (1Cor 1, 27), queremos vivirlas como estímulo para seguir adelante. Poniéndonos en camino hacia las periferias de la historia, queremos ser portadores de aquel don de amor que gratuitamente hemos recibido y con generosa dedicación lo ofrecemos a los demás.

En el nombre del Hijo, en el cual profesamos nuestra fe, nadie sea despojado de su dignidad, ni privado de aquella libertad que le permita vivir la vida de una manera satisfecha y serena.

– Al Espíritu, fuente de todo don y de toda consolación, abrimos nuestras mentes y nuestros corazones para ser expresión de aquella novedad, que nos permita realizar en nosotros su designio de plenitud. Como Familia de los Siervos, sentimos la diversidad de nuestras razas, culturas, mentalidades y experiencias, como la verdadera riqueza para dar testimonio en el mundo, creando vínculos de fraternidad y paz con todas las creaturas. Conscientes que el pecado es lo que crea división, vivimos cada día la conversión, evitando decir: “yo estoy en la verdad y tú en el error”; queremos alejar de nosotros todo aquello que divide y que nos impide acoger al otro en su individualidad. Descubriendo en esta diversidad la manifestación de la fantasía del Espíritu, trabajamos a favor de la unidad y concordia en nuestras casas, en nuestras ciudades y naciones.

En el nombre del Espíritu, en el cual profesamos nuestra fe, nadie se sienta excluido o marginado, y cada uno de nosotros, acogiendo en las pequeñas verdades de lo cotidiano su voz como brisa ligera, sea fragmento de aquella Verdad que, solo en el respeto del otro, se reconstruye y se manifiesta con toda su fuerza y grandeza.

Nuestra alabanza se prolongue en el canto de la vida, donde la Palabra se hace carne y nos abre a una fecundidad siempre nueva. Como Siervos de la Virgen llena de gracia, estamos listos también nosotros para anunciar el don que se nos ha dado, poniéndonos al lado de los crucificados y no de quien crucifica, de los condenados y no de los que condenan, de los marginados y no de los que marginan.

Santa María nos ayude a todos, sus Siervos y Siervas, a acoger con alegría y disponibilidad plena el designio de amor del Padre, para que sepamos ser, en la Iglesia y en el mundo, expresión de fraternidad solidaria, manifestación visible de la caricia compasiva de Dios, levadura en la construcción de su Reino.

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